domingo, 25 de enero de 2015

Templanza y sobriedad en el uso de las TIC

La semana pasada impartí a algunos padres de mi colegio una sesión sobre el uso educativo del iPad. Basé mi intervención en dos ideas. En primer lugar, que las nuevas tecnologías han dejado de ser un mundo paralelo y se han convertido en un ambiente más en el que viven nuestros jóvenes. Y en segundo lugar, que para educar a los jóvenes a vivir en ese ambiente, como en todos, hay que conseguir que logren adquirir algunas virtudes. Una de esas virtudes es la templanza.

Una necesidad compulsiva de comprar

El comprar y poseer cuanto apetece se presenta como una manifestación de libertad y de poder, sin caer en la cuenta de que el hombre dominado por el impulso inmoderado de adquirir cosas se esclaviza; y cuando se pone el corazón en ellas comprueba cómo se le escapa la felicidad que esperaba en su disfrute. 

Esta esclavitud tiene varias manifestaciones en el ámbito de las nuevas tecnologías. Por un lado, podemos caer en la tentación de querer tener siempre el último dispositivo que haya salido al mercado, por haber aumentado aunque sea mínimamente las funcionalidades con respecto al anterior modelo. Por otro lado, podemos estar dedicando demasiado tiempo e interés a cuestiones accesorias. La virtud de la templanza nos hará dar la vuelta a esta situación y actuar con señorío sobre los bienes materiales. La templanza nos ayudará a caer en la cuenta de que los bienes son buenos…siempre que no nos convirtamos en esclavos de ellos.

Del anonimato a la insatisfacción

Cuando alguien dice que sí a todos y a todo lo que le rodea o le apetece, cae en el anonimato; de alguna manera se despersonaliza; es como un muñeco movido por la voluntad de otros. Tal vez hayamos conocido a alguna persona que es así, incapaz de decir que no a los impulsos del ambiente o a los deseos de quienes le rodean.

Esa persona acaba dependiendo de las sensaciones que el ambiente despierta en él, y buscando sensaciones fugaces, falsas, que –precisamente por ser pasajeras- nunca satisfacen. El destemplado no puede encontrar la paz, va dando bandazos de una parte a otra, y acaba por empeñarse en una búsqueda sin fin, que se convierte en una auténtica fuga de sí mismo. Es un eterno insatisfecho, que vive como si no pudiera conformarse con su situación, como si fuera necesario buscar siempre una nueva sensación.

El destemplado parece haber perdido el control de sí mismo, volcado como está en buscar sensaciones.

La banalización de la comunicación

El uso destemplado de las nuevas tecnologías puede llevarnos a desvirtuar la bondad de muchas cosas que, a priori, son buenas y positivas.

Los mensajes, por ejemplo, son una herramienta muy útil que nos proporciona la tecnología. No obstante, los mensajes pueden ser empleados de manera abusiva y esto conlleva dos peligros; en primer, la banalización de la comunicación, lo que ocurre muy a menudo en los grupos de whatsapp o en las redes sociales. En segundo lugar, las continuas interrupciones cuando se están haciendo determinadas tareas que requieren cierta concentración, ya sea estudiar, leer, rezar e incluso mantener una conversación personal con otra persona.

De la sobreestimulación al aburrimiento

Incluso desde el punto de vista educativo, hemos de tener cuidado con la cantidad de estímulos que reciben nuestros hijos. Como explica Catherine L´Ecuyer en su libro Educar en el asombro, “cuando presentamos al niño estímulos externos que suplantan su capacidad de asombro, estos anulamos su capacidad de motivarse por sí mismo. 
Al final el niño se apalanca y no es capaz de asombrarse ni de ilusionarse por nada. Tiene el deseo bloqueado. En algunos casos, su adicción a la sobreestimulación le llevará a buscar sensaciones cada vez más fuertes, a las que también se acostumbrará, algo que le llevará a una situación de apatía sostenida, de falta de deseo, de aburrimiento.” 

Una virtud muy positiva

La templanza es la virtud que nos ayuda a controlar los impulsos que sentimos hacia los bienes materiales y a no dejarnos arrastrar por ellos.

Por eso, como cualquier virtud, la templanza es fundamentalmente afirmativa. Capacita a la persona para hacerse dueña de sí misma, pone orden en la sensibilidad y la afectividad, en los gustos y deseos, en las tendencias más íntimas del yo. Decir que no, en muchas ocasiones, conlleva una victoria interna que es fuente de paz. No acalla ni niega los deseos y las pasiones, pero hace al hombre verdaderamente dueño, señor. La paz, esa “tranquilidad en el orden”, sólo se encuentra en un corazón seguro de sí mismo y dispuesto a darse.

Para adquirir la virtud de la templanza la clave es la repetición de actos de desprendimiento. En el ámbito de las nuevas tecnologías hay muchas oportunidades de ejercitarse. Por ejemplo, si queremos acertar en la elección de aparatos electrónicos, la contratación de servicios, o incluso al usar un recurso informático gratuito, resulta lógico que consideremos su atractivo y su utilidad, pero también si aquello corresponde con un estilo templado de vivir. 


¿Esto me llevará a aprovechar más el tiempo, o me procurará distracciones inoportunas? ¿las funcionalidades adicionales justifican una nueva compra, o es posible seguir utilizando el aparato que ya tengo?

La clave para actuar con templanza en el ámbito digital es convencerse de que nuestras aspiraciones más altas están más allá de las satisfacciones rápidas que nos puede proporcionar un click.

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